APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE LA MADRE CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN 3, 12

lunes, 20 de mayo de 2013
     257.    Salió otro día de casa dicho D. Manuel Torres, después de cenar, para reunirse con unos amigos en el café de Madrid, que había al lado de la iglesia de Santo Tomás: la noche era fría y D. Manuel iba embozado hasta los ojos. En esto se acercó una pobre mujer pidiéndole una limosna, y D. Manuel, a quien ocurría por una parte la idea de no sacar la mano por el frío y por otra la de que si se tratase de saludar a una señorita la sacaría, echó mano al bolsillo y dió la limosna que se le pedía. "-Dios se lo pague, hijo mío", dijo la mujer, pero con tal acento y sentido que, impresionado D. Manuel, se volvió para ver a la pobre, mas no la distinguió por lado alguno. Con esto cambió de idea, se volvió a casa y contó a doña Juana Vizcaíno lo sucedido. Al día siguiente lo primero que leyó fué el incendio de dicha iglesia y de parte del café que estaba a su lado, y a medio día recibió doña Juana carta de la Madre María Cándida en que decía: "Dile a Manolito que le dé gracias al Señor por haberle cortado ir al café aquella noche y que la limosnita que me dió se la tuvo el Señor muy en cuenta."
¡Dios se lo pague, hijo mío!
     258.    El 2 de Julio de 1860 escribía la Madre María Cándida a D. Manuel Raposo: "Viva Jesús.- Amadísimo hermano mío en Jesús: Recibí su apreciable carta, la que no leí hasta que concluí  el negocio y mandato de mi Santísimo Niño, que me ocupó  toda la mañana. Mandó a mi Santo Abuelo San Felipe Neri me llevara a Segovia a una señora que no sólo no quería confesarse, sino que decía cosas contra Dios, y mi Santo Abuelo me mandó la pusiera la mano sobre el pecho, y tal impresión la hizo que me asustó. Empezó a gritar y pedir confesión generalmente y pidió perdón a los que estaban presentes  y a las personas que llamaron; recibió a su Divina Majestad y la Santa Unción y murió con gran paz. Gracias a Dios se ha salvado y creo no tardará mucho en volar al cielo. Me ha dicho mi Santo Abuelo que esta señora había hecho algunas obras de caridad, por las que le ha movido a recompensarla dándola gracias que muevan su corazón, mudándolo en los términos en que lo ha hecho. ¡Ay, hermano, qué Dios tan bondadoso tenemos! Alabémosle por todo. Amén. Encomiéndela  a Dios para que vaya a alabarle pronto. Grandes dolores tengo padecidos, pero como los que ayer me regaló mi Jesús, jamás. Me levantaron calentura que todavía me dura, pero al mismo tiempo me dan el consuelo que he podido asistir al coro y demás actos de comunidad. Bendito sea que con tanta misericordia me mira."

     259.    El 20 de Julio de 1860 hubo un desafío en Madrid entre dos conocidos de doña Juana Vizcaíno. Había avisado ésta a la Madre María Cándida para que rogase a Dios por ellos y no ocurriese ninguna desgracia, porque de lo contrario resultaría gran perjuicio a muchos. Llegado el día del desafío, que era a pistola y a muerte, las balas se dispersaban sin hacer blanco, con gran confusión de duelistas y padrinos: diez y ocho tiros dispararon, y agotadas las balas se retiraron del campo los duelistas sin avenirse, antes bien, resueltos a renovar otro día el combate. Al día siguiente escribió la Madre María Cándida a doña Juana una carta encargándola dijese a D. José Cristóbal Sonri, uno de los duelistas, que no volviese a meterse en otra, que esa vez las mangas de una monja habían podido dispersar las balas, pero que otra vez pudiera no ocurrir eso. 
¿Ha pedido por las almas que le encargué?...Nuestro Señor por su gran misericordia se compadezca de ellos.

     Siguiendo los duelistas en su mala disposición, la Madre María Cándida oraba y seguía pidiendo oraciones a D. Manuel Raposo, a quien el 22 de Julio escribía: "Le encargo a mi amado hermano pida mucho a Dios por una necesidad en la que se interesa la salvación de muchas almas. Antes de anoche estorbé que se mataran en un desafío que tuvieron. Todavía me dura el temblor. Son personas de alta categoría." Y el 30 volvía a escribirle: "¿Ha pedido mi hermano por las almas que le encargué? Tengo la pena que están en el mismo estado y acaso mañana, si Nuestro Señor no lo remedia, tendrán otro, que les conducirá al infierno. Son más criminales por hacerlo con todo conocimiento después de tantos avisos. Nuestro Señor por su gran misericordia se compadezca de ellos. Clamemos a la Madre de la Compasión, María Santísima interceda con su Santísimo Hijo. Sí, hermano mío, pidámosla llenos de una santísima confianza. ¡Viva Jesús!" Por fin la Madre consiguió de Dios que no volviesen al desafío los duelistas, se reconciliasen y restaurasen la amistad que tenían antes. Uno de ellos quedó tan agradecido a la Madre María Cándida, que confesaba la debía la vida y no podía olvidarla, y desde entonces hizo una vida cristiana muy diferente de la de antes.

     260.    Grandísima era la caridad de la Madre María Cándida para con las almas de purgatorio, manifestada en las contínuas  oraciones que hacía y en los innumerables sacrificios que se imponía para aliviarlas y satisfacer por ellas, contribuyendo nuestro Señor con medios milagrosamente extraordinarios a fomentar y aumentar más y más su caridad tan compasiva y tan ardiente. A los casos ya narrados, en prueba de esto, añadiremos aquí algunos otros.

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APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE LA MADRE CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN 3, 11

jueves, 16 de mayo de 2013
     253.    Antes de la guerra de España en África, vió la Madre Cándida de San Agustín cómo los diablos andaban muy vigilantes y a ella la decían: "-Nosotros somos los que somos llamados guerreros; tenemos gran pesca en las guerras y por más que hagas lo vamos a asolar todo cuanto queda de religión"; pero la Madre les dijo: "-¡Anda, mala bestia, si no puedes nada, miserable!; mi Jesús te tiene atado y no puedes nada". Les dió esto tanta rabia que la tiraron una silla a la cabeza: no la dieron en ella, pero la hirieron las espaldas.

     254.    Ya en guerra España con los moros de Africa veía la Madre todo lo que en ella pasaba y con gran pena la sangre que se vertía y cómo muchos soldados se pasaban a los moros. Para socorrer a los soldados estuvo en algunas de las batallas, alguna vez acompañada de San Felipe Neri, y daba señas de Tetuán y de todo aquel país, de cómo iban vestidas las mujeres moras y judías, de O´Donnel, de la tienda en que se firmó la paz y de todo cuanto hicieron en ella.

     255.    Un día de una gran acción dijo el Niño Jesús del Consuelo a la Madre María Cándida: "-Vamos al moro", y la Madre le dijo: "-Dueño mío, id vos, ¿qué tengo yo de hacer allí?"; pero repitiendo el Niño: "-Vamos al moro", tuvo que ir. La Madre iba vestida de aldeana con su sombrero de paja y andaba en medio de la acción, tan pronto en una parte como en otra sin temor a los peligros, dando agua a los soldados y un bálsamo para confortarlos. Los que la veían hacían diversas hipótesis sobre quién  sería aquella mujer, pero  uno que antes de ser soldado  la había conocido en su pueblo cerca de Toledo, en ocasión en que milagrosamente se había aparecido en él para librar de la muerte a un compañero suyo moribundo en la era por asfixia a causa del gran calor, se paró a mirarla despacio y la reconoció, diciendo: "-Esta es la Madre Cándida." Después de la guerra fué este soldado a ver a la Madre y la preguntó: "- Madre, ¿era usted la que estaba en los moros el día de la gran acción?", y ella contestó: "-Sí, hijo mío, yo era."



                                                   Grupo escultórico que representa a la Madre Cándida
                                                      socorriendo a un soldado en el campo de batalla 



       De la presencia de una mujer misteriosa en aquella acción dió testimonio a D. Manuel Raposo un artillero, hombre de verdad, que se halló en ella, y de tal mujer hablaron los periódicos de aquel tiempo. Don Pedro A. de Alarcón, en su Diario de un testigo de la guerra de Africa, después de describir la gran acción del 30 de Diciembre de 1859, dice: "En medio de estos episodios y figurando noblemente en cada  uno de ellos, vese a una mujer piadosa que va de cama en cama ofreciendo a los heridos cierta tisana refrigerante que los conforta y reanima... -Esta mujer es.... una peregrina casada, que con su marido va viajando de guerra en guerra; que estuvo en la de Crimea y viene ahora de la de Italia; que cumple quizá un voto, tal vez una penitencia; que pasa el día entre las balas dando su tisana a los heridos (sólo a los heridos), y la noche en los hospitales de sangre... -Tendrá treinta años, su figura es noble y hasta hermosa; viste largo sayal morado; se expresa como persona distinguida, y todo en ella es dulce, cariñoso, angelical.- El respeto que inspira sólo puede compararse al cuidado con que se oculta los días que no son de sangre ni  de lágrimas...-Y no sé más acerca de esta persona." Esta peregrina, que Alarcón creía francesa y casada, no era otra que la Madre María Cándida de San Agustín, y el supuesto marido era San Felipe Neri, que la acompañó en algunas de estas milagrosas excursiones benéficas.


...vese a una mujer piadosa que va de cama en cama ofreciendo a los
heridos cierta tisana refrigerante que los conforta y reanima... 

       La Madre misma contó después a D. Manuel Raposo que el agua  no sabía de conde se la traían, que en cuanto se la acababa un cántaro ya tenía otro, y que daba del bálsamo y no se la acababa, y continuando su relato añadía: "-¡Ay, hermano, qué sed tan rabiosa tenían los pobrecitos, con qué ansia bebían, hijo de mi alma! Tenía que andar por medio de los heridos y muertos, ¡ay!, que me partían las entrañas verlos en el suelo tendidos dando quejidos y clamando; y corría la sangre por el suelo como cuando degüellan los puercos de tantos como había muertos y heridos. ¡Ay!, ¡qué día pasé tan amargo y penoso para mi corazón!" Para pasar y experimentar algo de lo que los heridos padecían recibió también ella un balazo en la pierna derecha, que la entró por la corva y salió por la rodilla, quedándola el agujero abierto para prueba de la verdad.
 
          256.    Estando enferma doña Juana Vizcaíno en Madrid, su pariente D. Manuel Torres, que vivía con ella, salió como de costumbre por la noche un ratito al café, sin fijarse que la enferma tenía que tomar a ciertas horas sus medicinas. Acordándose de esto en el café volvió don Manuel en seguida a casa; pero ya la Madre María Cándida la había dado la medicina, diciéndola: "-¡Pobre  Juanita mía, qué sola te ha dejado Manolito! Ya ves, me voy en seguida que necesito descanso: vengo en este momento de Africa. Y ¡cuánto pobrecito enfermo hay allí!" En esto notó doña Juana que la Madre tenía sangre en el pañuelo y dijo: "-¿Qué es eso, Madre?" "Nada, hija mía, contestó ella; es un pequeño balazo que me ha tocado en la pierna y al atarla he manchado un poco este pañuelo. El Señor sea bendito que me da algo que pasar por Él." 


Pañuelo con manchas de sangre y colcha, todo ello, perteneciente a Madre Cándida de San Agustín.

  Y dicho esto se fué. Al día siguiente recibió D. Manuel una carta de la Madre en que le reprendía por haber dejado tan sola a la enferma, aconsejándole que no lo volviese a hacer.


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APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE LA MADRE CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN 3, 10

viernes, 10 de mayo de 2013
     242.    Visitaba frecuentemente a la Madre María Cándida, en Toledo, una señora llamada Carmen, que pedía para las monjas en las puertas de las iglesias de Madrid, y siempre preguntaba a la Madre cuándo venía el Mesías, nombre con que designaba a Don Carlos,  y añadía: "-Ahora va a venir, que todo está preparado"; pero la Madre contestaba: "-No lo verá usted" y la reprendía, diciéndola que no hablase mal de nadie ni dijese de los que mandaban que eran unos pícaros y cosas semejantes, porque sólo Dios sabe quién es bueno o quién es el malo. Un día, después de quedarse un poco parada, la dijo la Madre: "-Dígame usted, hija mía, si la diese a usted algún mal de pronto, ¿tiene preparadas las cosas de su alma? Porque puede suceder. Hágalo usted, no sea tonta; y luego, sea lo que Dios quiera." No lo hizo, y la cogió la muerte en uno de los accidentes que solían darla: todo el dinero que tenía ahorrado, y era bastante, desapareció sin saber cómo, y quedaron sin nada un sobrino y una sobrina que tenía, pudiendo haberlos dejado bien para toda la vida. Luego la vió la Madre en el purgatorio y dijo que tenía calor para rato por todas aquellas cosas.

     243.    Uso parecido hizo la Madre María Cándida de San Agustín del don de profecía, lamentando con gran espíritu de compasión y caridad las calamidades con que el Señor había de castigar a la Humanidad, ofreciéndose a sí misma en sacrificio y soportando grandes padecimientos para aplacar la justicia divina y conjurarlas.

     244.    Viendo un año pasar por su convento de  Alcalá la procesión del Corpus, se puso tan afligida al ver los niños, que principió  a llorar amargamente, y preguntada con grandes instancias por Sor Dolores de Jesús que dijera por qué lloraba tanto, contestó: "-¿No he de llorar al ver a los pobres inocentes que tienen que perecer y también los sacerdotes? Tiene que haber una mortandad tan horrorosa que pocos lo contarán, y el Señor se aplacará con sangre de inocentes y sacerdotal, y después todo será paz y tranquilidad para la Iglesia." Cuando el Señor se lo reveló la dijo: "-Ese día todo será confusión: todos se matarán unos a otros sin saber lo que se hacen; y no me pidan por los cuerpos, sí por las almas", añadiendo que muchos clamarían a la Madre María Cándida de San Agustín y ella los favorecería.

     245.    En tiempo de la guerra de Italia y de Napoleón contra los austriacos veía con gran pena la Madre María Cándida todo lo que allí pasaba. Daba señas exactas de la gran batalla del día de San Juan, de la tempestad que hubo al mismo tiempo, de la mucha agua que caía, llegando los arroyos a llevarse los cadáveres, y de cómo el agua iba a los ríos teñida de color  de sangre de tanto muerto. Decía que daba horror el ver aquello y más aún el ver las almas que bajaban al infierno.

     246.    El día de San Felipe Neri de aquel año, le manifestó el Señor cómo aquella guerra y terrible castigo le iba a extender por toda Europa y por España, y se la presentó muy terrible y enojado contra los hombres por los muchos pecados que había y lo mucho que le ofendían. Viendo ella el castigo que iba a venir empezó a clamar al Señor y a suplicarle que detuviera su ira y se aplacara su justicia; pero no adelantaba nada hasta que se volvió a la purísima Virgen María y la dijo: "- Madre mía, me ofrezco en sacrificio para que se aplaque la justicia divina; si de algo valgo, aquí estoy dispuesta a lo que el Señor quiera de mí." La Virgen aceptó en seguida la oferta, la presentó al Señor y el Señor se aplacó, revocando la sentencia que tenía dada contra España; y vió la Madre María Cándida cómo la santísima Virgen cogió la espada destinada para castigar a España y desarmó la ira de Dios. Luego la Madre Cándida empezó a sentir que la sangre toda se la subía de los pies a la cabeza hasta que la vertió por la boca, llegando a ponerse tan mal, que desde ese tiempo (26 de Mayo) hasta Agosto estuvo en la cama sin poderse mover, pensando muchas veces que se moría.

     247.    El día de San Pedro de 1860 amaneció la Madre María Cándida de tal manera que parecía la habían desenterrado; porque estaba pálida, amarilla, con grandes ojeras y apenas podía hablar; estaba tan mala y decaída que no podía alzar la cabeza ni abrir los ojos. Y era que la noche antes, habiendo visto a Dios muy irritado con los de Roma y que iba a correr mucha sangre, se había ofrecido en sacrificio y el Señor se lo había aceptado. Por la gran pena sufrida  al ver la irritación divina y a consecuencia del sacrificio hecho y aceptado por el Señor, arrojó mucha sangre, de modo que quedó medio muerta.

     248.    Por Septiembre de 1860 vió la Madre María Cándida al Señor muy irritado y una como nube muy densa que amenazaba muchos males, particularmente un cisma, y al Señor con la espada levantada para descargar su ira sobre España: entonces la Madre Cándida pidió mucho a la Santísima Virgen que le desarmara y vió que la Virgen cogió la espada y desarmó al Señor. No se contentaba la Madre Cándida con orar ella con este fin de desarmar la ira de Dios contra España, sino que también encargaba a D. Manuel Raposo que pidiese mucho para que la Virgen aplacara a su Divino Hijo.

     249.    Tanto se complacía el Señor en la caridad de su sierva María Cándida de San Agustín para con el prójimo, que a fin de que pudiese en muchas ocasiones practicarla la concedió también el don de bilocación, de que ella se sirvió con diligencia. Sobre los casos ya narrados referiremos algunos otros.

     250.    En cierta ocasión fué la Madre María  Cándida de San Agustín con San Felipe Neri a sacar una niña recién nacida que habían arrojado al río: la sacaron, la llevaron a bautizar y la pusieron en ama para criarla.

     251.    Tres jóvenes esperaban ocultos a una joven para abusar de ella cuando pasase a casa de una vecina en Madrid: apenas entró en la casa la cogieron entre los tres y ante la enérgica resistencia de la joven se resolvieron a matarla, poniéndola con este objeto uno de ellos el pie en el cuello; pero en esto se presentó la Madre Cándida llevada por San Felipe Neri y les arrebató la joven, quedando ellos asustados al ver que se la quitaban de las manos sin poderse resistir y la llevó hasta la puerta de su casa. Esta joven murió del susto a los pocos días y la asistió la Madre Cándida para alcanzar de ella el perdón de sus agresores. Preguntó la Madre a San Felipe por qué moría  aquella joven tan pronto, y el Santo la contestó: "-Más vale que muera ahora y vaya al cielo, que después se condene."


Fué la Madre en seguida y tocó con la mano en la espalda a la criada, que había abierto ya el cofre.

     252.    La viuda de un incrédulo, impío y blasfemo, convertido por la Madre María Cándida fué después de la muerte de su marido a contar a la Madre, de quien era muy amiga, lo sucedido en su casa con dicho su marido después de convertido y a rogarla que hiciese con ella lo que había hecho con él. Antes de que a la Madre trajo el Niño Jesús del Consuelo a ésta la llave del cofre de esta señora y la dijo: "-Toma esta llave y ve corriendo, que la están abriendo el cofre para robarla"; fué la Madre en seguida y tocó con la mano en la espalda a la criada, que había abierto ya el cofre lleno de oro para robar a su ama; y tal fué  el susto de la criada, que empezó a dar gritos y a decir: "-La monja que ha venido y me ha dado en la espalda"; a los gritos acudió gente y no pudo la criada realizar su intento. El Niño dijo después a la Madre respecto de la señora: "-Llámala al instante, dila lo que hay, dala la llave y que al momento se vaya a su casa." Todo esto pasó en breve tiempo por la mañana. Llamó la Madre a la señora y enseñándola la llave dijo: "-¿Conoce usted esta llave?" "-Toda parece a la de mi cofre", contestó la señora. "-¿Dónde la ha dejado usted?", volvió  a preguntar la Madre. "-Debajo del banquillo". repuso la señora. La Madre la contó lo ocurrido y la dijo: "-Tómela usted y márchese al momento a su casa". Maravillada quedó la señora al oirlo y más maravillada aún cuando volviendo a casa comprobó la verdad de cuanto la Madre la había dicho, dando gracias al Señor y a ella que habían evitado que la robasen.


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APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE LA MADRE CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN 3, 9

viernes, 3 de mayo de 2013
     233.    El mismo caritativo uso hizo sin aceptación de personas, del don de penetrar los corazones y dar buenos consejos, como consta de muchos sucesos, de los cuales, sobre los ya narrados en otros artículos, referiremos varios otros.

     234.    Llevado de curiosidad fué un día a ver a la Madre María Cándida cierto individuo acompañado de su mujer y dos niños que tenía, y a las pocas palabras se para la Madre y le dice: "-¡Ay, Fray N. no le había conocido a usted!" (naturalmente no le había visto nunca). Y empezó a hablarle al alma y a reprenderle de haber engañado, siendo religioso profeso, a aquella señora y animar a ésta, que sorprendida, se lamentaba de verse así, diciéndola que ella no tenía culpa siendo inocente, y que el que tenía gran responsabilidad ante Dios por ser reo de graves pecados era aquel hombre. A éste le dió un accidente y tuvieron que sacarle del locutorio; después que volvió en sí, la Madre le dijo lo que debía hacer en aquel caso.

     235.    Nada más que con la intención de verla, fué el 20 de Septiembre de 1858 otro individuo a visitar a la Madre Cándida, y cuando más descuidado estaba hablando con ella, le dijo: "Vamos claros: Usted a lo que ha venido y Dios le ha traído es para curarle de la enfermedad que tiene su alma hace tantos años", y le manifestó su vida y el mal estado del alma. Entonces él empezó a sentir como si estuviera  en el juicio de Dios, rompió a llorar y se convirtió de veras. Era hombre de muy mala lengua y blasfemo, tenía dada palabra al demonio de ser suyo y su amigo y hacía diez y seis años que no se confesaba. Dando noticia de esta conversación  a D. Manuel Raposo, decía la Madre Cándida: "Ayúdeme usted, hermano mío, a dar gracias a Dios por haberle traído a su rebaño esta oveja perdida, con la que espero han de convertirse no sólo los de su familia, sino muchas personas que tiene precisión de tratar. Bendigamos la gran bondad y misericordia de nuestro Dios que tantas derrama sombre sus criaturas."

     236.    Fué un confesor a la iglesia de las Agustinas Concepcionistas, de Toledo, a confesar a uno y lo hizo algo deprisa;  subió luego a ver a la Madre María Cándida, y muy apurado, la preguntó si sería culpa del confesor que el penitente no se confesase bien; la Madre, que había observado que el penitente en su confesión general había dejado de confesar bastantes pecados, le contestó que no, pero que sería responsable si no le ayudaba como debía y no le daba tiempo para explicarse bien. Con esta respuesta volvió el confesor corriendo a la iglesia y hallando al penitente, lo llamó al confesionario, le ayudó con sus preguntas a completar la confesión y halló que el penitente había olvidado antes más de cien pecados. Subió de nuevo el confesor a ver a la Madre y a rogarle que pidiese a Dios por él, y preguntándole si el Señor le perdonaría, la Madre, que había visto interior y exteriormente todo lo sucedido, le contestó que sí, pero le reprendió y le hizo ver lo mucho que faltaban los sacerdotes en eso, por falta de paciencia y celo de la salvación de las almas. 

     237.    Había oído un Obispo referir cosas rarísimas de la Madre María Cándida de San Agustín, y sin darles del todo crédito, fué un día con su Secretario a verla. Bajó la Madre, y al decir el señor Obispo que había ido a saludarla, ella confesó que no se molestase en disculparse, porque demasiado sabía ella que la causa de la visita era la curiosidad, y le reprochó algo que no estaba bien en una persona de su categoría, aconsejándole que mudase de vida. Maravillado el señor Obispo, prometió hacer lo que la Madre le aconsejaba, y al despedirse dijo que volvería a verla después de cumplir lo prometido. A los pocos días anunciaron a la Madre la visita del mismo señor Obispo; pero ella, en vez de recibirle, encargó le dijesen que no podía salir a saludarle por no haber cumplido la promesa y que si la mentira era fea en cualquiera persona, lo era más aún en un sacerdote. Impresionado quedó el señor Obispo, que efectivamente no había cumplido lo prometido, y tuvo que retirase sin verla. No pasó mucho tiempo, y estando un día la Madre en el coro, dijo: "-Voy al locutorio, que ya oigo los cascabelillos de las mulas del coche del señor Obispo." Cuando éste entró y vió a la Madre sentada esperándole, no supo qué decir, y ella le previno diciendo: "-Ahora ya ve su ilustrísima cómo le espero: ya sé que ha hecho cuanto debía y vengo a felicitarle." El señor Obispo pidió perdón a la Madre y desde entonces iba a visitarla sin dudar de lo que pasaba ni de las cosas maravillosas que de ella se decían.

     238.    Una señora, que no tenía en casa más que un hijo y la criada, empezó a notar que de las sortijas de oro, que al quitárselas solía dejar sobre la cómoda, la iban faltando varias, y sospechaba de la criada, no del hijo, que tenía unos diez y seis años. En este apuro escribió, consultando el caso, a la Madre María Cándida, la cual contestó que fuera a verla con su hijo y la diría dónde estaban las sortijas. Llegados madre e hijo a la presencia de la Madre María Cándida, dijo ésta al hijo de la señora: "-Vamos, Fulano, dime la verdad: ¿dónde tienes las sortijas de tu madre?" Se puso colorado y empezó a negar; pero la Madre Cándida prosiguió: "-Vamos, hijo mío, no lo niegues; si lo sé todo. Mira, tú las has cogido tal día una y tal otra, y las has llevado a tal parte, y las has vendido por tanto para malgastarlo tú, y allí están." El pobre se echó a llorar y no tuvo más remedio que confesar delante de su madre que así era. De ese modo quedó además defendida y justificada la inocencia de la criada.
Vamos, hijo mío, no lo niegues, si lo sé todo
     239.    Vino una joven de un pueblo a traer un recado a la Madre María Cándida, cosa a que se prestó con gusto por curiosidad de verla. Entregado lo que traía, la dijo la Madre:       "-Hija mía, usted está mala."  "-¡Ay!, no señora -contestó ella-, antes me hallo y me siento muy  buena." "No, hija mía -replicó la Madre-; usted está mala. Vamos claros: Usted está  de esta y esta manera y vive usted así." Entonces empezó ella a llorar y a afligirse mucho, pero la Madre la dijo: "-Va usted, hija mía, a hacer lo que yo la diga. Desde aquí se va usted a Madrid  a salir de su paso, que ya sé que tiene otra criatura, que la están criando en tal parte, y en saliendo de su paso no vuelva usted nunca a su pueblo y se pone usted a servir en Madrid." Luego añadió: "Llame usted a su padre que se ha quedado abajo." Subió el padre y la Madre le reprendió del mal que había hecho en permitir que su hija viviera de aquel modo y en estar viviendo en la misma casa, siendo encubridor de tantos pecados; el hombre se disculpó diciendo que a su edad apenas podía trabajar y el otro le había prometido que no necesitaba trabajar y estaría bien con su hija, si ambos se iban a casa de él. La hija hizo lo que la  Madre la mandó, y el seductor, contra quien se descubrieron otros delitos, fué apresado y puesto en un calabozo en Toledo.

     240.    Fueron a ver a la Madre María Cándida dos que vivían mal, y preguntándola la Madre qué tal estaban, respondió la mujer: "-Mi marido es el que anda mal." "-Embustera, dijo la Madre, si ése no es tu marido, si a tu marido lo has matado; ¡a qué vienes con eso!" Entonces el hombre dijo a la Madre que cómo se lo haría bueno. Y la Madre replicó: "-Si ustedes no me dan ahora mismo palabra de casarse, van ustedes a la cárcel desde aquí." Entonces empezaron a temblar, y arrepentidos de su mala vida dieron palabra de casarse al instante y la cumplieron.

     241.    Antes de entrar en religión, fué una joven a despedirse de la Madre María Cándida, y ésta, conociendo lo que la joven meditaba en su interior, la dijo: "-Hija mía, ¡cuidado con lo que usted hace, que con Dios no se juega!", porque veía que, aunque Dios la llamaba para sí, ella no tenía intención de perseverar, sino de salirse después del convento. Salió, efectivamente, al poco tiempo de haber entrado; pero lo mismo fué salir que quedarse ciega, en castigo de su culpa.

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APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE LA MADRE CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN 3, 8

sábado, 20 de abril de 2013
                  
                     De  la  caridad  para  con el prójimo.

     225.    La Madre María Cándida de San Agustín en sus continuas y fervorosísimas oraciones rogaba a Dios con toda su alma por el remedio de las necesidades de la Iglesia, por la conversión de los pecadores y por las necesidades espirituales y temporales de cuantos recurrían a ella en demanda de auxilio.

     226.    Era tal la caridad de esta Sierva de Dios para con el prójimo, que apenas conocía natural o sobrenaturalmente que alguno se encontraba en alguna necesidad, temporal o espiritual, se movía en seguida a socorrerla.  "No pude concluir esta carta ayer -decía el 16 de Octubre de 1860 a doña Juana Vizcaíno en carta comenzada el 15-. Vino la Presidenta y me pidió por favor si quería ir a consolar a su  padrastro que está desatinado por un hijo que tenía único, que era hermano de la Presidenta de madre, y se ha muerto del cólera. Tenía un porvenir feliz en el hijo y Dios se lo ha llevado a los diez y nueve años de su edad. Para hacer esta obra de misericordia dejé a mi Juana, pasando la mañana con este hombre triste y desconsolado. Nuestro Señor haga se aproveche; encomiéndalo a Dios. Está digno de compadecerse: no he visto un hombre más sin talento. ¡Pobre criatura!"

     227.    En su espíritu de caridad para con los prójimos era tan compasiva, que para librarlos de padecimientos deseaba padecerlos ella, y el Señor milagrosamente manifestó a veces cuán agradables le eran esos deseos. Una de las personas a quienes la Madre María Cándida de San Agustín socorría, era una pobre mujer del campo. Un día que llevando un hijo en brazos fué esta mujer a ver a la Madre, tenía la cara hinchada, efecto de un flemón que la atormentaba hacía varios días y no la habían podido curar. Se lamentaba de su situación y de lo inútil que estaba, pues nada podía hacer por los terribles dolores que pasaba, cuando he ahí que estando hablando se fija en la Madre y ve que se la estaba hinchando la cara. "-¿Qué la pasa, Madre, pregunta la mujer, qué es esto? Yo me siento tan mejorada desde que estoy aquí y usted tiene la cara mala." "-No es nada, hija mía, respondió la Madre; anda con Dios, que Él te bendiga." Al salir la enferma iba curada del todo y la Madre estuvo tan mal que tuvieron que operarla un flemón.

             
¿Qué le pasa, Madre?  ¡Yo me siento mejorada y a usted se le está hinchando la cara!.

     228.    Doña María del Pilar Osorio de la Cueva, Marquesa de Noguera, gran bienhechora de la Madre María Cándida, tenía concertada la boda de una sobrina y todo dispuesto para su  celebración el día de la Virgen del Pilar;  pero sobrevino una enfermedad a dicha sobrina, que si duraba para aquel día hubiera impedido dicho acto. Avisada la Madre María Cándida, contestó a la señora Marquesa que estuviese tranquila, que siguiesen los preparativos, que el mal de la sobrina pasaría a ella y que el matrimonio podría celebrarse en el día convenido; y de hecho, el mal de la sobrina de la Marquesa pasó a la Madre María Cándida y el matrimonio se verificó el día deseado de Nuestra Señora del Pilar.

     229.    Con la misma caridad socorría las necesidades conocidas sobrenaturalmente y procuraba la concordia de las familias. Un joven del pueblo de Mora, que vivía en Toledo, fué un día a ver a la Madre María Cándida, como había quedado en hacerlo el día antes por la tarde, y preguntado por la salud de su madre contestó que cuando cuatro días hacía salió del pueblo la había dejado buena. "-Hijo mío, le dijo la Madre, tienes que marcharte al instante a tu casa porque tu madre está muy mala", y finalmente añadió: "-Ha muerto esta noche y está de cuerpo presente, y tus hermanos y cuñados andan buscando el dinero que sabían que tenía, y como no lo encuentran echan la culpa a tu hermana N. que ella lo ha cogido; y no es así, porque tu madre lo había guardado o enterrado en tal punto. Anda, ve y sácalo y no regañéis y partidlo como buenos hermanos." Se fué al instante y encontró todo como se lo había dicho la Madre; partieron lo que había pacíficamente, y quedaron como buenos hermanos y sumamente agradecidos a la Madre María Cándida de San Agustín.

     230.    Caritativamente usaba también la Madre María Cándida en bien de sus prójimos de los dones sobrenaturales de oir a distancia a los que la invocaban y pedían socorro y de penetrar los corazones. A los casos referidos en otros artículos respecto del primero de dichos dones podemos añadir los siguientes.

     231.    En Septiembre de 1858 fueron unos  de un pueblo a decir a la Madre María Cándida de San Agustín que no hallaban a la Fulana, que hacía cinco días que había desaparecido y deseaban saber que había sido de ella. "-Id al pozo de tal parte (fuera del pueblo), les dijo la Madre, y allí la hallarán." Fueron y la hallaron viva. Preguntáronla cómo había caído que no se había hecho daño y estaba buena; y contestó que al caer había llamado a la Madre Cándida y ella la detuvo en sus manos para que no se hiciera mal y que después la había llevado de comer todos los días. Fué tanto el regocijo que esto causó en el pueblo, que mucha gente fué alborotando de alegría al convento a dar gracias a la Madre.

     232.    Asímismo en el pueblo de Villa del Prado, un tísico, que se reía y mofaba de lo que decían de la Madre María Cándida de San Agustín las personas milagrosamente por ella socorridas, afirmando que él no creía en aquellas brujerías, salió una tarde al campo y al poco tiempo vió venir hacia él cinco lobos. Para defenderse de ellos no tuvo más remedio que subirse a un árbol, pero los lobos no se apartaban, antes bien, embestían como queriendo subir al árbol y acometerle. Viéndose en aquel apuro y solo, empezó a clamar al Señor y a la Virgen, para que le amparasen, mas lobos no desistían de sus acometidas; entonces invocó a la Madre Cándida, pidiendo que le amparase y confesando que creía los prodigios que se decían de ella, y lo mismo fué hacer esto que retirarse los lobos mansamente al monte. Bajóse él luego del árbol muy asustado, y volviendo al pueblo contó a todos lo que le había pasado, diciendo que creía en la Madre Cándida y que ella era la que le había librado de aquel peligro. 

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APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE LA MADRE CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN 3, 7

lunes, 15 de abril de 2013
                                     
                                       De  la  caridad  para  con  Dios 
    214.    Resuelta desde muy niña la Madre María Cándida de San Agustín a ser religiosa, toda su vida puede decirse que fué un continuo ofrecimiento de sí misma  con todas sus facultades y sentidos al servicio del Señor, de modo que todos sus pensamientos, palabras y obras estuvieron informados de la más recta intención, dirigiendo a Dios todos los afectos de su alma. 

     215.   Llevando consigo el amor de Dios el odio más implacable al pecado, que es ofensa de Dios, y amando la Madre María Cándida sobre todas las cosas y de un modo muy extraordinario al Señor, pues ya desde muy niña  decía que le amaba "muchísimo", claro es que odiaba con toda su alma el pecado, cuya maldad, por otra parte, la hacía conocer el Señor, especialísimamente con las mortales aflicciones de espíritu que la mandaba para satisfacer por los pecados ajenos y por las almas del Purgatorio.

     216.    Grandísima era la compasión de la Madre María Cándida de San Agustín hacía Jesucristo crucificado, cuya Pasión y Muerte se había acostumbrado a meditar desde muy niña, y tan grade fué su deseo de asemejarse a Él en los padecimientos, que el Señor la imprimió, aunque ocultamente sin que apareciesen en lo exterior, sus sagradas llagas y corona de espinas, y en la última Cuaresma antes de morir la concedió que le acompañase con los padecimientos en toda la Pasión.

     217.     Extraordinario fué también su amor a Jesús sacramentado, que diariamente recibía en la santa comunión con los encendidos afectos que revela una oración por ella compuesta y publicada con el título: "Deseos de recibir a nuestro Señor sacramentado." Tales eran los deseos que ella misma experimentaba y tal era su fervor en los últimos meses de su vida, que teniendo que bajarla sentada para comulgar, al llegar el momento de recibir al Señor, iba sola por su pie y después subía a la celda del brazo de una religiosa.

                                         
Oración compuesta por Madre Cándida de San Agustín

     218.    El amor extraordinario de la Madre María Cándida de San Agustín a Jesús sacramentado se vió premiado con singularísimos favores. Sobre los ya narrados en otros artículos referiremos aquí otros dos.

     219.    Un día de San Luis Gonzaga, después de la comunión, la visitó este Santo, como lo hacía todos los años en su fiesta, y entre otras cosas la manifestó que por la noche iba a tener una gran visita, pues la visitaría el Dios de la Magestad. Por la tarde envió a llamar al confesor para decirle lo que había, y él contestó que ya había estado en la mañana y que no iba. "-Si no quiere venir de día, dijo la Madre, tendrá que venir de noche." Y efectivamente, entrada la noche se puso muy mala y la visitó San Felipe Neri, diciéndola que se preparase para recibir al Dios de la Majestad que venía a visitarla por viático. A las nueve de la noche aumentó el mal y la entró tal fatiga que se oía el ruido desde la calle, creyendo el médico y todos que se moría por instantes. Avisaron enseguida al confesor, vino corriendo y la dió el viático a las once, preguntándola después a cada momento: "-Madre, ¿se muere ustud?" A las doce se fué sosegando, y por la mañana, al tiempo de la comunión, ya se pudo levantar y bajar a comulgar. De modo que en veinticuatro horas recibió tres veces al Señor, que quiso hacerla aquella visita extraordinaria.

     220.    En carta de 29 de Septiembre de 1860, decía la Madre María Cándida a doña Juana Vizcaíno: "Las espaldas me hacen padecer mucho. Voy a decirte un cantar que me cantó mi Jesús ayer cuando comulgué:
                                  
                                           "Cándida, amada mía,
                                        "Por tus amores
                                        " Me tienes muy penado;
                                         "Échame flores.
    
     "Esto al paso que me llena de consuelo. He llorado mucho. Bendito sea, que no mirando lo ruin que soy, me mira con tanta misericordia. ¡Viva Jesús!"

     221.    El encendido amor de la Madre María Cándida de San Agustín hacia su divino Esposo Jesús se revela en toda su fuerza en la "Oración al dulcísimo Jesús, Esposo de nuestras almas, para pedirle su divino amor", por ella compuesta, que dice así:
     "Dulcísimo Jesús, mi amado Esposo, mi Bien, mi Dueño: Vos sois mi amor, mi único amor, mi embeleso, mi hechizo, mi encanto, mi querido, mi vida y mi todo. Te amo, sí, Esposo mío, ¡ah! sí, Te amo. Tú eres mi amor, ¡oh amor del amor mío! Yo Te abrazo, me uno a Ti, Te deseo y mi corazón desfallece con el ansia de poseerte. Tú solo puedes apagar la sed que me abrasa por Ti, yo muero por Ti. Haced, Esposo mío, que vuestro amor me abrase, haced que muera de amor: dame, amado mío, una vida de amor y luego una muerte de amor. ¡Ay! sí, aunque sea fríamente, Te lo aseguro, sí, que Te amo; ¡oh amor!, sí, Te amo, quiero amarte, enloquecer de amor, respirar sólo amor, pensar sólo amor y no hacer más que amarte a Ti, Esposo mío, delicia mía y amor mío. Quiero que cada respiración y cada pulsación sea un acto de amor que me deshaga el corazón por Ti.
       "En fin, no sé qué decir más, Esposo mío, ni quiero decir más sino que Te quiero amar, que Te amo, sí, sí, Te amo. Haced que así sea por siempre jamás, con tal intensión que muera de amor por Ti para vivir en Ti por amor. Así sea."  

     222.    Fué grandísima y constante la diligencia de la Madre Cándida de San Agustín en promover la gloria de Dios y la salvación de las almas, diligencia que descubría en ella un alma abrasada de amor divino y vencedor de cualquiera repugnancia. La puso el Señor una vez milagrosamente en condiciones de predicar a los encarcelados. La causaba repugnancia, según escribió el 14 de Diciembre de 1859 a D. Manuel Raposo, pero miró que eran hijos de Dios y esto sólo bastó para hacerla cumplir celosamente el encargo recibido. Lloraban los pobrecitos mucho, le decía, y muchos hicieron confesión general. No menor celo demostraba en aliviar a las almas del purgatorio, obligándose a satisfacer por ellas para que cuanto antes fuesen a alabar a Dios.

     223.    La caridad de la Madre Cándida para con Dios resplandeció de un modo especial en sus continuos desvelos y trabajos soportados para llevar a cabo la fundación de su convento de Valdepeñas y para preparar la Comunidad de religiosas que había de empezar a habitarle y dar culto al Señor en su iglesia. El celo de la casa del Señor la consumía, y por el amor de Dios, que la abrasaba, no veía la hora de terminar su obra y los días que pasaban sin conseguirlo la parecían siglos.

     224.    Era tanto el amor de Dios que tenía la Madre María Cándida de San Agustín, que de la fuerza del amor se la quebraron dos costillas, y una vez estando en cama se la levantaba tanto el pecho que, creyendo las religiosas iba a rompérsele, Sor Luisa la puso la mano para contenerle, con lo cual un dedo que tenía malo se curó instantáneamente. Todas sus religiosas temían que en uno de esos ímpetus de amor se les quedara, y Sor Dolores la rogó que dijese al Abuelo, es decir, a San Felipe Neri, que se los quitara, y por entonces se los quitó.   

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APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE MADRE CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN, 3, 6

sábado, 6 de abril de 2013
                                                     De   la   esperanza.
     205.    La  Madre María Cándida de San Agustín tenía grandísima esperanza en el Señor, a quien dirigía todas sus obras, y por su gloria trabajaba contínuamente sin algún fin humano y sin preocuparse mucho de las cosas temporales. Alentada de esta esperanza, no se la vió nunca descorazonada en las innumerables dificultades de todo género que tuvo que vencer para desde la clausura del claustro llevar a cabo la fundación del convento de Valdepeñas que el Señor la exigía.

     206.    Se manifestó animada de esperanza heroica en su infatigable vida enderezada a conseguir los bienes eternos. El haberse prestado siempre a procurar con toda diligencia la gloria divina, el bien espiritual del prójimo y el alivio de las almas santas del Purgatorio, sin turbarse jamás, sin mostrar tristeza o cansancio, antes bien, apareciendo siempre tranquila y afable con todos y contenta en medio de los mayores padecimientos, demuestra que la Madre María Cándida de San Agustín tenía el alma abandonada en manos del Señor con abnegación perfecta y que todos los trabajos los dirigía a su eterna salvación.

     207.    En la tenaz y prolongada oposición que encontró en su padre la Sierva de Dios para hacerse religiosa, no decayó un momento de ánimo ni desesperó de ver realizada su vocación, pues confiaba en el Señor que la llamaba, y no perdía la esperanza de llegar a ser esposa de Jesucristo.

     208.    En las circunstancias difíciles y arduas, en que se encontró la Madre María Cándida,  de críticas y murmuraciones por causa de las gracias extraordinarias que el Señor la concedía y que, contra la voluntad de ella, llegaban a hacerse públicas, recurría constantemente a la oración y confiaba que el Señor convertiría todo aquello en gloria de Dios y bien de su alma.

     209.    Gran confianza en el Señor demostró la Madre María Cándida en las persecuciones de los enemigos infernales, que violentamente la hacían rodar por el coro, la apartaban del confesionario, llevándola por el convento, o la querían impedir la comunión y perturbar en sus ocupaciones.
      En Toledo más de una vez estando cosiendo se presentó un cerdo, la cogió la labor y se retiró con ella; pero ella, lejos de intimidarse, decía con gran confianza en Dios a las que con ella estaban: "Dejarle, que el del rabo (el demonio) se cansará y traerá lo que se lleva"; y en efecto volvía después a llevarla lo quitado. Tanto al entrar como al salir se presentaba sin abrir  puerta alguna y dando grandes alaridos.


Cortinillas del sagrario, bordadas por Madre María Cándida


     210.    Estando otra vez la Madre María Cándida reunida con sus hijas, empezaron a salir ratones y a correr por todas partes; las jóvenes se asustaban, pero la Madre, con su habitual confianza en el Señor, las dijo: "-Hijas mías, no tengáis miedo, que no os harán mal, que vienen nada más que asustarnos y a estorbarnos lo que estábamos haciendo; conque sigamos hablando de Dios." Y dicho esto desaparecieron al momento.


     211.    Igualmente en las múltiples contrariedades por las cuales tuvo que pasar para empezar, continuar y concluir las obras de la fundación de su  convento de Valdepeñas, estuvo siempre pendiente de la divina Providencia, y puesto todo en sus manos, atendía a las demás ocupaciones con toda tranquilidad de ánimo. Encontrándose a veces apurada de recursos para hacer pagos urgentes y considerables, acudiendo a la oración se vió milagrosamente provista del dinero necesario, cosa que también sucedió cuando insistentemente pidió al Señor dinero para comprar el papel del Estado con que constituir la renta que el Gobierno exigía para conceder la licencia de fundación del convento.

     212.    La Madre María Cándida de San Agustín no tenía otra voluntad que la de Dios, y por eso, no sólo se mostraba verdaderamente resignada a las divinas disposiciones en todas las contrariedades de la vida con la frase habitual en ella, "Todo se por Dios", sino que en las enfermedades continuas a que se vió sujeta los últimos diez y ocho años de su vida y en los gravísimos padecimientos a que ella heroicamente se ofreció y el Señor la sometió para expiar pecados ajenos de individuos y naciones y para socorrer a las almas del Purgatorio, se manifestó alegre y contenta ante la consideración de que tales padecimientos eran regalos de su divino Esposo.

     213.    La íntima unión con Dios de su Sierva Sor María Cándida de San Agustín iba siempre aumentando en intensidad; así que en los últimos meses de su vida no deseaba otra cosa sino llegar a la posesión divina, y decía que pronto se acabarían sus trabajos y podría decir: Consummatum est.
     

Muestras  de labores y tijeras de Madre María Cándida de San Agustín

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APUNTES BIOGRÁFICOS SOBRE LA MADRE MARÍA CÁNDIDA DE SAN AGUSTÍN 3, 5

lunes, 1 de abril de 2013
      199.    San Felipe Neri, compañero dado por Dios a la Madre María Cándida de San Agustín para socorrer milagrosamente muchas necesidades ajenas, la socorrió también a ella de un modo especial en las suyas, siendo como era su Abogado y Protector.
     Tenía que hacer en cierta ocasión la Madre María Cándida una cosa para la cual se necesitaba lumbre; llevó carbón encendido a la celda, y para no ser molestada cerró la puerta. Con el tufo del carbón se sintió tan trastornada, que no se podía mover ni llamar a nadie. Echándola de menos, fueron a buscarla, dieron golpes en la puerta y dijéronla que abriera; pero ella no podía ni abrir ni apenas responder. Entonces, como pudo, dijo a San Felipe Neri: "-Santo Abuelo, abrid vos, que yo no puedo." Abrió el Santo la puerta, y encontraron a la Madre María Cándida medio muerta, que en tres días no pudo hacer nada y quedó muy débil por algún tiempo. Sor Dolores la levantó como si fuese una niña de poco peso y la echó en la cama, donde estuvo privada de los sentidos hasta muy tarde. Hablándole Sor Dolores en ese estado ella contestaba; pero refiriéndole después Sor Dolores las contestaciones dadas, dijo la Madre: "No era yo quien te contestaba, que era el Abuelo; como estabas tan apurada te ayudó en llevarme a la cama y te contestaba como si fuera yo."

          200.    El año 1858 tuvo la Madre María Cándida tal disentería, que hacía veinte días no la paraba nada en el cuerpo; con ningún remedio se la contenía, y estaba tan mal y tan débil, que apenas se podía tener en pie. Entonces la dijo San Felipe Neri: "Cómete un pepino." Y la Madre se lo pidió a Sor Jesús, diciendo que con eso se curaría. Sor Jesús no quería dárselo, pareciéndola un desatino y cosa muy contraria a la enfermedad, hasta que la Madre la dijo: "Dámelo, que me lo ha dicho el Abuelo." Lo mismo fue comerlo que curarse la disentería y ponerse la Madre buena, cosa que después  contaba ella con mucha gracia.

     201.    En su celda tenía una imagen de este Santo, que también se conserva, y entre los libros de su uso, la vida de este mismo Santo en dos tomos, edición de Madrid de 1760, escrita por el P. Conciencia.


San Felipe Neri, gran protector de la Madre María Cándida


     202.    De San Antonio obtuvo también  la Madre un milagro para una de sus hijas, respecto de la cual escribía así el 30 de Septiembre de 1860 a doña Juana Vizcaíno: "La Jesús le dió erisipela el martes pasado; yo lloraba como una niña. Le dije a San Antonio: Antonio, ya ves cómo estoy; pónmela buena. Al día siguiente amaneció buena y se vistió. Le han dicho una misa, pagándoselo así al Santo bendito."
                                        

     203.    Antes de esto, no teniendo la Madre María Cándida en cierta ocasión para pagar lo que debía por las obras del convento de Valdepeñas, echó a la lotería y se encomendó mucho a San Antonio para que la tocara; pero no la tocó. Vió después un cuadro de este Santo y con toda sencillez, le dijo: "Mira San Antonio, ¡valiente  sujeto!, que le he encomendado tanto y le he pedido que me cayera la lotería para pagar, y no ha hecho nada." Al otro día, temprano, estando la Madre con Sor Dolores de Jesús, se apareció San Antonio como un rayo, y preguntándole la Madre María Cándida quién era, se dió el Santo a conocer y le dijo que para Dios no hay nada imposible. Sor Dolores recibió un susto muy grande, porque fué como un relámpago aparecerse el Santo, hablar y desaparecer; pero la Madre quedó bien penetrada de que la obra de la fundación del convento de Valdepeñas era obra de Dios y que Él daría cuanto para ella fuese necesario.



San Antonio de Padua, imagen perteneciente a la fundación.                                      

     204.    La fe heroica de la Madre María Cándida de San Agustín se manifiesta en sus actos de piedad y en sus buenas obras y padecimientos, especialmente en favor de las almas del Purgatorio, a las que profesó siempre gran devoción y por las cuales sufragó y satisfizo abundantísimamente con toda clase de trabajos y sacrificios.

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       Desde este blog se ruega a todas aquellas personas que encomendándose a la  poderosa intercesión de la Sierva de Dios Madre Cándida de San Agustín, obtengan alguna gracia o favor, lo comuniquen a:

                                            Monasterio de San Diego de Alcalá

                                                               MM. Agustinas
                                               13300 Valdepeñas (Ciudad Real)
                                                                 - ESPAÑA -
                                                            Tf: 926 32 21 05

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